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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 09-07-2019

Francia
Los chalecos amarillos

Christian Mahieux
Les Utopiques


17 de noviembre de 2018: tras un llamamiento en las redes sociales miles de personas se movilizaron en todo el pas en contra de un nuevo impuesto sobre el combustible que dio lugar a un descenso de los ingresos de millones de personas ya afectadas por una poltica salarial y fiscal que beneficiaba a los ms ricos. Estos hombres y mujeres decidieron enfundarse el chaleco amarillo que era obligatorio llevar en los vehculos. Este es el origen del movimiento de los chalecos amarillos, un movimiento social indito, inesperado y sorprendente. Nadie anticipaba un movimiento respuesta de tal magnitud y duracin, un movimiento radical y que desemboca en la lucha contra el orden neoliberal y capitalista. Un movimiento que, a su paso, ha cosechado algunos logros, ciertamente insuficientes, pero reales. Un movimiento que no se ha visto desestabilizado por el gran debate lanzado por Macron.

La ira popular

En las barricadas (2), constituidas a partir de mediados de noviembre, no solo se habla del precio de la gasolina o de los impuestos: se reivindica tambin el aumento de los salarios, las pensiones y los mnimos sociales, se denuncian las desigualdades, se critica el escandaloso reparto de la riqueza y los privilegios de aquellos y aquellas que explotan el trabajo del prjimo. Se articulan debates en torno al transporte pblico, su mejora, la posibilidad de que sean gratuitos. Tambin sobre el mantenimiento y la creacin de servicios pblicos. Se debate, incluso, sobre el papel que desempean los impuestos, el saqueo de las arcas pblicas perpetrado por la clase ms rica gracias al fraude fiscal, a la supresin del impuesto sobre las fortunas

El anunciado incremento del precio del combustible se suma a muchas otras subidas: productos alimentarios, vivienda, gas, electricidad, la Contribucin Social General (CSG) Todos estos incrementos, que afectan a productos o servicios de primera necesidad, tienen un mayor impacto en aquellos hombres y mujeres con rentas ms bajas que las de los ms ricos. Como escriba el 31 de octubre la Unin local Solidaires de Comminges (en la regin de los Altos Pirineos) en un panfleto sobre el incipiente movimiento: mientras que el gobierno nos mete las manos en los bolsillos, esa reducida minora que se beneficia del trabajo de otros (patrones, accionistas, rentistas) no cesa de medrar. Ese debe ser el objeto de la lucha: las flagrantes desigualdades sobre las que se apoya el sistema vigente. No existe razn alguna por la cual las personas asalariadas, desempleadas o jvenes no puedan llenar el depsito de su vehculo mientras que los mayores beneficiados se dedican a pensar en qu coche van a ir a su yate.

S, hace falta reducir el nmero de coches. Es necesario luchar contra la contaminacin, reducir los gases de efecto invernadero y el nmero de vehculos. El futuro del planeta pende de un hilo! Pero para tomar todas esas medidas es necesario que se desarrolle el transporte pblico, en particular los menos contaminantes, como el tren. Hay que reforzar los servicios pblicos tanto en la ciudad como en el medio rural. El gobierno ha hecho todo lo contrario: se han suprimido estaciones, lneas del Servicio Nacional Francs de Ferrocarriles (SNCF), se han cerrado hospitales, oficinas de correos, centros educativos, etc. Para limitar el kilometraje en coche es necesario un transporte pblico de calidad accesible a todos y todas, as como servicios pblicos en la totalidad del territorio nacional. Eso ser mucho ms eficaz que aumentar el precio del combustible a aquellas personas que no tienen otra opcin que coger el coche para ir a trabajar, buscar un empleo o cumplir con otras obligaciones de su da a da.

Socorro, el pueblo! (3)

As podra resumirse la actitud de numerosas fuerzas sindicales y polticas (4) tras la irrupcin de los chalecos amarillos (5). Es cierto que la extrema derecha se puso manos a la obra desde el principio, pero hacerle hueco en el seno de un movimiento tal hubiese sido catastrfico. Los patrones expresaron su apoyo el 17 de noviembre; al da siguiente ya reclamaban la vuelta a la normalidad: bajo ninguna circunstancia hay que poner en riesgo los beneficios! La verdad es que son los hombres y las mujeres de los ltimos eslabones de la cadena quienes protestan. Las mujeres han tenido una presencia muy importante en el movimiento, mucho ms que en gran parte de las acciones que organizamos las fuerzas sindicales o polticas.

Una parte notable de las reivindicaciones coincide con lo que defendemos a travs de nuestros sindicatos. Otras entran en contradiccin con nuestra lucha: ser a travs del debate como conseguiremos convencer para que queden en punto muerto. Hacerlo entraa constituirse en parte activa del movimiento en lugar de comentarlo desde las gradas. Estamos a favor de que las negociaciones se entablen bajo control directo de aquellos y aquellas que las han hecho posibles gracias a sus acciones; la decisin de que los chalecos amarillos solo hablarn con el gobierno a condicin de que todo se retransmita en directo, nos dan pie a valorar muy positivamente esta prctica. En las barricadas se pone en entredicho la legitimidad de las delegaciones. Federalismo, asambleas generales, mandatos limitados y controlados, convergencia de las luchas sin hacer uso de nuestro lenguaje militante, es eso lo que se est llevando a la prctica.

Que los apoyos se limiten a apoyar sin tratar de controlar! La accin directa y la autonoma del movimiento son las murallas ms efectivas contra la apropiacin, as como factores desestabilizantes para las organizaciones que aceptan o sufren presiones institucionales. Se presenta en este movimiento una ocasin de volver a debatir, por una parte, el tiempo dedicado a las actividades sobre el terreno, la reflexin, la elaboracin de nuestras herramientas, y, por otra, las reuniones acordadas por patrones o por los poderes pblicos en encuentros en los que se simula la democracia; o la preparacin perpetua de unos comicios que en nada contribuyen a la ruptura con el sistema.

Aquellas y aquellos que han participado en huelgas saben que los movimientos ms slidos son aquellos a los que se unen compaeros y compaeras que nunca antes haban participado, compaeros y compaeras que votan a la derecha o, peor an, compaeros y compaeras para quienes el antirracismo o el feminismo no son referentes. Es el momento de la lucha mancomunada, el intercambio de experiencias, a veces la confrontacin, todo lo cual nos har avanzar.

La extrema derecha

Claro est, la realidad es ms compleja que las simplificaciones a las que recurrimos demasiado a menudo. Es cierto que la extrema derecha ha tratado de infiltrarse en el movimiento, pero, acaso no trat de infiltrarse en los sindicatos, incluso en los ms combativos? Lo peor hubiera sido hacerle sitio. Tanto en las rotondas como en las manifestaciones de los sbados, los y las militantes sindicales han contribuido significativamente a la lucha contra la extrema derecha. Esta lucha ha sido eficaz gracias a la plena implicacin de estos compaeros y estas compaeras con el movimiento: han podido explicar, demostrar y convencer. No se trataba de dar lecciones de purismo desde fuera. Lo mismo ocurri con los insultos racistas, homofbicos o sexistas (que no son prerrogativa de la extrema derecha): existen como en todos los movimientos masivos (incluidas las huelgas en el seno de empresas cuando no las desarrollan solo los y las militantes), y es necesario combatirlos de forma activa.

La violencia

La violencia en alguna de las manifestaciones ha suscitado numerosos comentarios. S, ha habido violencia intil, pero no se pueden equiparar con la violencia del Estado, especialmente importante desde mediados de noviembre. Adems, qu es la violencia? Escaparates hecho aicos, barricadas en las calles o miles de personas tiritando de fro o sufriendo el hambre en esta supuesta normalidad? La violencia ms cruda, la que se ha convertido en sistmica, la que se ejerce de forma calculada, es la violencia del estado. Las personas que han resultado mutiladas y heridas graves y las detenciones violentas y arbitrarias ya se cuentan por miles. Tal y como ocurri despus de mayo del 68, la burguesa proclama una ley anti-vndalos que permite criminalizar toda resistencia, manifestacin o desobediencia. Debe imperar el orden (su orden) a cualquier precio. Ms all de los crculos de militantes, muchos chalecos amarillos lo llevan comprobando desde hace seis meses.

La patronal

Una pequea parte de la patronal prest apoyo al movimiento en sus inicios, pero desaprob su carcter continuado. Rpidamente qued patente que la inmensa mayora de los chalecos amarillos forma parte del proletariado: personas que lo nico que pueden vender es su fuerza de trabajo y que no poseen medios de produccin. Todo esto dentro de una diversidad: personas asalariadas con contratos indefinidos, pero sobre todo temporales o en interinidad, desempleadas, jubiladas o dedicadas a la artesana A falta de una clase social homognea que cumpla todos los criterios preestablecidos, se trata de un movimiento popular cuyo ncleo principal es el proletariado de comienzos del siglo XXI.

La patronal no ha manipulado el movimiento de los chalecos amarillos, eso es ostensible. Lo evidencia el hecho de que sale bastante bien parado de estos seis meses de lucha. Las reivindicaciones se han concentra-do en torno al gobierno y los reproches y denuncias se han dirigido a la clase poltica. Lo que ha echado lea al fuego han sido los anuncios gubernamentales (sobre el precio del combustible, etc.); el debate sobre la democracia fue la respuesta al desdn de los polticos y polticas. Una cosa lleva a la otra. Esto no quita, sin embargo, que se trate de una debilidad debido a la magnitud del movimiento: incluso aunque se plantee la cuestin de la distribucin de la riqueza (y se plantea a menudo), se olvida el robo perpetrado por aquellos y aquellas que se benefician del trabajo ajeno: la patronal, la banca y personas rentistas. Si bien se analiza en profundidad el tema de la democracia (algo que se ha realizado de forma extensiva y fructfera) se obvia la democracia empresarial, es decir, la titularidad social de los medios de produccin, su autogestin por parte de todos y todas, etc. Es un punto dbil del sindicalismo en el seno de este movimiento.

El ejercicio de la democracia

El ejercicio o los ejercicios? Inventar y practicar la democracia a gran escala nos obliga, sin duda alguna, a imaginar soluciones diferentes y complementarias, segn hablemos del colectivo de trabajo, de comunidades federadas, de una produccin a nivel nacional o incluso del uso de las riquezas naturales. Si el principio de base es la asamblea general, cmo garantizar su emanacin cuando se trata de federarse? Mandatos imperativos, controles, revocatorios, sorteos, votacin o consenso la solucin radica en la complementariedad de los mtodos, no en la bsqueda de la solucin milagrosa aplicable a cualquier situacin o contexto. Muchos grupos de chalecos amarillos han trabajado estos y otros temas (entre ellos el referendo). Las asambleas de asambleas de Commercy y, ms tarde, Saint-Nazaire son un ejemplo de ello. Cuidmonos, sin embargo, de dos trampas: dichas asambleas no representan al movimiento en su conjunto y los tex-tos emanados de las mismas no son una referencia para muchos grupos locales. Por el contrario, la democracia activa lleva presente desde noviembre en muchas ciudades, pueblos y barrios. Ah, una vez ms, nuestro sindicalismo tiene su lugar preciso (6).

Las patticas tentativas por presentar listas electora-les de los chalecos amarillos dejan patente que el sistema sigue siendo un potente imn para aquellos y aquellas que los medios de comunicacin insisten en calificar de lderes. Sin embargo, el rechazo a los mismos por el grueso de los chalecos amarillos confirma que otras opciones y esperanzas son posibles y ampliamente compartidas. La contribucin de los chalecos amarillos a la renovacin del debate sobre la democracia y, sobre todo, a que haya echado races en diferentes sectores de la poblacin es innegable. Pero todos ellos descubren elementos a los que el movimiento obrero se lleva enfrentando mucho tiempo. Una de las resoluciones de la asamblea de Saint-Nazaire prevea por ejemplo una semana amarilla de acciones a partir del 1 de mayo. Dejando el color a un lado, la formulacin nos recuerda al lenguaje sindical ms tradicional

El sindicalismo

El movimiento deja patente la profunda exasperacin de millones de personas que han ocupado rotondas, peajes o zonas comerciales y que se han manifestado todos los sbados por la tarde en toda Francia. A nivel nacional, las organizaciones sindicales se han quedado a la expectativa (7) durante un largo periodo. La unin sindical Solidaires pas de una cierta reserva a un principio de apoyo tras los primeros sbados de manifestacin; algunas uniones locales de Solidaires se pusieron a disposicin del movimiento desde comienzos de noviembre, antes del posicionamiento a nivel nacional. Por parte de la CGT, hubo que esperar casi un mes. El 6 de diciembre, la CGT emiti un comunicado (junto con CFDT, CGT, FO, CFTC, CGC, UNSA y FSU) en el que se haca hincapi en la condena de la violencia en las manifestaciones sin mencionar la violencia del estado, su polica y su ejrcito, como si la violencia no fuera en primer lugar social y debida a las polticas gubernamentales llevadas a cabo desde hace aos (8). Unos das ms tarde, la CGT lanzaba un llamamiento a jornadas de accin (9), haciendo referencia explcita a los chalecos amarillos.

El movimiento de los chalecos amarillos proclama alto y claro que no desea que haya ninguna apropiacin del movimiento, ni poltica ni sindical. Existe una profunda desconfianza hacia lo que la neo-lengua denomina,- los rganos constituidos. (10) Algunas organizaciones sindicales(11) enmarcan su estrategia en el acompaamiento de las polticas neoliberales y al hacerlo rechazan toda posibilidad de apoyo a un movimiento que pone en entredicho las elecciones que estos sindicatos han defendido. Pero, cmo comprender las dificultades a las que se han enfrentado aquellos y aquellas sobre quienes versa este artculo? Podemos poner sobre la mesa algunos elementos:

-La mayora de las empresas en Francia cuenta con menos de 20 trabajadores, y el movimiento sindical no termina de cuajar en ese sector. Lo mismo ocurre con la mayora de los desempleados y desempleadas, los trabajadores y las trabajadoras interinas, quienes tienen contratos temporales, los trabajadores y las trabajadoras de la economa uberizada todas esas personas cuentan con nutrida representacin entre los chalecos amarillos.

- Lo que lleva sucediendo desde noviembre en casi la totalidad del pas no tiene relacin con la capital Pars y zonas del extrarradio ms prximas. El movimiento de los chalecos amarillos no est presente all donde se concentran las sedes nacionales de las organizaciones sindicales; y si bien el federalismo es la ley, tambin es cierto que muchas decisiones se adoptan de acuerdo con reflexiones ligadas a lo ms conocido, en este caso Pars. Desde esta perspectiva, la falta de colectivos de los chalecos amarillos durante un gran nmero de semanas y las particularidades de las manifestaciones semanales (11) en Pars han contribuido a los posicionamientos ya conocidos. (12)

- Este movimiento se desarrolla al margen de las empresas. La debilidad de las uniones locales inter-profesionales ha contribuido a que los colectivos sindicales no lo comprendan correctamente. Sobre todo, teniendo en cuenta que, como ya se ha dicho, hay un problema con las exigencias manifestadas: incluso aunque desaparecieran rpidamente ciertas reivindicaciones reaccionarias y lo que se debate en las asambleas generales de los chalecos amarillos sea un reparto diferente de la riqueza, la crtica al sistema capitalista, la igualdad social o la democracia radical, sigue siendo cierto que apenas se ha interpelado a la patronal. Es una de las razones que explica la ausencia de los sindicatos, pero a la vez es una consecuencia de dicha ausencia.

- Numerosas organizaciones sindicales se han comportado de forma inapropiada, incluso cuando decidieron prestar apoyo a los chalecos amarillos: en lugar de invitarlos a unirse a las movilizaciones sindicales, no sera necesario que el sindicalismo se pusiera al servicio del movimiento ya existente?

Una parte nada desdeable de las dificultades para posicionarse concretamente en relacin con el movimiento de los chalecos amarillos est indudablemente ligada a la reticencia a actuar en calidad de fuerza colectiva social y poltica, poltica y social. Porque se trata de un todo, y la organizacin sindical, debido a su componente de clase inherente a su composicin, es una herramienta indispensable para actuar en estos campos.

Redactado a finales de abril, este breve artculo no pretende en absoluto ser holstico. Podremos enriquecerlo acudiendo a otras fuentes; por ejemplo, el nmero 11 de la publicacin Les utopiques, Gilets jaunes: un mouvement social (Chalecos amarillos: un movimiento social) o Des cls pour comprendre (Claves para la comprensin) (en dos tomos).(13)


Notas

1) Christian Mahieux, miembro del comit editorial de la revista Les utopiques (www.lesu-topiques.org) y la publicacin Cerises (www.ceriseslacooperative.org). Forma parte de la comisin internacional de la Unin sindical Solidaires (www.solidaires.org) y participa en la coordinacin de la Red Sindical Internacional de Solidaridad y de Luchas (www.labourso-lidarity.org).

2) Rpidamente, las barricadas se tornan en ocupacin de rotondas, apertura de peajes, en ocasiones casas del pueblo

3) Este prrafo retoma un texto escrito a finales de noviembre de 2018 para el mensual Cerises. Otros elementos de este artculo tambin figuraron en dicha publicacin, vinculada a la Red Se fderer pour lmancipation (Federarse para la emancipacin) (www.ceriseslacooperative.org).

4) Aqu se hace mencin a las organizaciones que, en su diversidad, adoptan una perspectiva emancipadora de ruptura con el sistema capitalista.

5) Indiferencia, anlisis errneo, incluso desdn: las comunicaciones de ciertas organizaciones sindicales y polticas de izquierda y extrema izquierda antes del xito del 17 de noviembre son vergonzantes.

6) Vase el nmero 10 de Les utopiques, Sur les chemins de lmancipation, lautogestion (En los caminos de la emancipacin, la autogestin), Ediciones Syllepse, primavera de 2018.

7) Citamos a la CGT y a Solidaires, pero la FSU y la CNT han sido muy discretas para con este movimiento. La CNT-SO se posicion a su favor en enero.

8) Organizaciones de la CGT (uniones departamentales y federaciones) des-aprobaron el texto firmado por la confederacin y se implicaron en el movimiento desde comienzos de diciembre.

9) Ni el 14, ni mucho menos el 18 de diciembre tuvieron xito, pero no se le puede reprochar a la confederacin CGT el haber tratado de impulsar una dinmica. Sin embargo, podra debatirse quizs la relacin entre estos llamamientos casi msticos (reiterados el 5 de febrero y en menos medida el 19 de marzo) y las dificultades del militantismo sindical cotidiano en las empresas, servicios y localidades o incluso el estado de los enfoques unitarios? Dos elementos determinantes para el xito de las huelgas.

10) Desde hace aos, la propaganda del estado y la patronal asemeja los sindicatos a cuerpos constituidos tambin llamados rganos intermediarios, cosa que no son. Un sindicato es una agrupacin de trabajadores y trabajadoras, sea cual sea su estatus y su actividad, que se organizan para defender sus reivindicaciones y cambiar la sociedad; no se puede hacer de ellos unos intermediarios para gestionar el orden capitalista. Sabemos, claro est, que la neo-lengua se apoya para la imposicin de sus trminos en las elecciones realizadas por muchas organizaciones sindicales que se han institucionalizado. No es una cuestin de base o de cumbre.

11) En diferente grado, se trata de la CFDT, la UNSA, la CFTC o la CGC.

12) Ello no justifica los comentarios de ciertas organizaciones polticas especialmente desdeosas para con el pueblo que protestaba.

13) www.syllepse.net


 Les Utopiques N 11, junio 2019

https://solidaires.org/Les-utopiques

Libre Pensamiento N 98, junio 2019

http://librepensamiento.org 

 



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