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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-06-2018

Federalismo ms all del Estado

Carles Ferreira
Ctxt

Ante los desafos de la globalizacin, muchos se estn blindando por arriba en relacin con las instancias de integracin poltica regional o global; pero tambin impiden el reconocimiento de cualquier cambio por abajo en las estructuras territoriales


La integracin poltica, el federalismo y el reconocimiento de las singularidades son sin duda los mejores arreglos institucionales para gestionar sociedades complejas, plurinacionales y cosmopolitas. El embate de la globalizacin, con sus ventajas y sus inconvenientes, ha hecho an ms necesaria esta pulsin federalizante por motivos de sobra conocidos. El embridaje de una economa desregulada al servicio de unos pocos, la multiculturalidad y la gestin de las migraciones, el fomento de la paz mundial o la lucha contra el cambio climtico son quiz los argumentos ms relevantes en favor de, como mnimo, una mayor cooperacin poltica y ciudadana a escala planetaria.

Esta necesidad acuciante de una mayor solidaridad transnacional est chocando, paradjicamente, con unos viejos Estados nacionales que, a medida que se van vaciando de soberana real, apuntalan sus aparatos coercitivos y simblicos a modo de disimulo. El rey est desnudo, pero su corona de oro macizo y su espada reluciente permtanme esta licencia literaria centran todas las miradas. Esto vale para los regmenes autoritarios o hbridos el caso de China, Rusia o Turqua, pero tambin para las democracias consolidadas como los Estados Unidos de Trump. Y qu decir, por supuesto, de los nuevos movimientos populistas que ya empiezan a ocupar sillones ministeriales en muchos pases de la vieja Europa. Algunas de las formaciones polticas tradicionales, acomplejadas, reaccionan mimetizando su discurso.

Ante los desafos de la globalizacin, pues, muchos Estados se estn blindando por arriba, esto es, en relacin con las instancias de integracin poltica regional o global; pero tambin impiden el reconocimiento, en muchas ocasiones, de cualquier cambio por abajo en las estructuras territoriales preconstituidas propias o ajenas. En el marco de la Unin Europea, por ejemplo, parece casi imposible una institucionalidad ms integrada, al mismo tiempo que, como dijo Juncker no se quiere una UE de 98 Estados. El exprimer ministro francs Manuel Valls, nuevo azote del independentismo, tambin lo dej muy claro: No tenemos que permitir la posibilidad de salirse de los Estados naciones que ya existen, no tenemos que tocar las fronteras.

La nacin y la prepoltica

Esta rotundidad en defensa de la integridad territorial de los Estados puede ser problemtica en aquellos casos donde minoras nacionales territorializadas reclaman para s el derecho a la autodeterminacin. Afirmaciones como la que hizo hace un par de aos el nuevo presidente del gobierno, el socialista Pedro Snchez La unidad de Espaa es una cuestin prepoltica, colisionan claramente con el principio democrtico. El profesor Miquel Caminal luego volveremos a l defenda precisamente que los Estados-nacin no son nada democrticos en lo que se refiere a su integridad territorial, y haca referencia a que no reconocen en sus ordenamientos constitucionales el derecho a la autodeterminacin de las naciones que puedan formar parte de ellos.

En este sentido, es evidente que no podemos estar constantemente debatiendo y votando sobre las fronteras de nuestros Estados, pero tambin lo es que cuando surgen movimientos que problematizan los lmites vigentes del pueblo, de forma pacfica y persistente, hay que dar respuestas polticas a ello as ocurri en Escocia o en Quebec. Adems, stos movimientos no tienen porqu ser necesariamente supremacistas o insolidarios. Si me permiten la digresin, sigo sin entender por qu apoyar la independencia de Catalua es supremacismo, pero defender la independencia de Espaa an no he odo a ningn lder espaol abogar por la anexin a Francia, por poner un ejemplo es cosmopolitismo de vanguardia. Es evidente que en los movimientos independentistas hay elementos de repliegue identitario, pero no es menos cierto que tambin podemos encontrar seales inequvocas de progresismo y europesmo. Miren el caso de Escocia, donde gan el remain de forma abrumadora en todas y cada una de sus regiones, mientras que en el resto del Reino Unido se impuso el Brexit con argumentos contrarios a la inmigracin o a la transferencias fiscales hacia territorios ms pobres.

Entrando ya en el caso cataln, histricamente, la solucin federal habra sido la ms acertada desde un punto de vista racional. El problema lo hemos encontrado principalmente en el nacionalismo espaol, incapaz de comprender otras realidades polticas en su seno no solamente folclricas u otras formas de sentirse parte de un proyecto comn. Pero el nacionalismo en Catalua tambin ha cometido el error de pensar la nacin como algo esencializado, subordinando con la retrica de la diversidad los diversos son los otros a una parte de la ciudadana, empujada hacia los mrgenes del imaginario colectivo. Catalua tambin tiene que pensarse como un proyecto plurinacional, ya que aqu conviven dos naciones: la de los catalanes que se creen nacin, y por tanto, piensan en Espaa como un agente externo; y la de los catalanes que creen que viven en Espaa y que una hipottica nacionalidad catalana es una ficcin fabricada a medida de unos pocos. El arreglo federal permitira que unos y otros convivieran con un grado de satisfaccin aceptable, apaciguando las tensiones identitarias que hemos visto agitarse en los ltimos tiempos. Esto sera tambin coherente con la tesis que he defendido al principio del artculo, sobre una mayor integracin poltica y una mejor gestin de la diferencia. Qu podra fallar?

...O qu ha fallado

El profesor Miquel Caminal sostena en su magnfica Triloga federal que cuando el nacionalismo de estado se cierra a cal y canto, el federalismo contempla la opcin democrtica de la secesin. Si hoy el independentismo es hegemnico en Catalua, lo es en parte por muchos federalistas hastiados de la cerrazn centralista y homogeneizadora de las lites del estado. En el ltimo prrafo, el ya fallecido politlogo escriba explcitamente que la obligacin de todo federalista es promover la unin en la diversidad, pero cuando esto no es posible, tambin asume el deber y el derecho a promover la secesin o independencia, cuando sea la ltima opcin, cuando todas las dems han resultado baldas o imposibles.

Esto lo escriba en octubre de 2013, despus de la sentencia del Tribunal Constitucional contra el Estatuto y de la feroz campaa del Partido Popular contra el autogobierno. Aqulla sentencia cerr las esperanzas de avanzar hacia el federalismo en el actual marco constitucional, un marco que para unos era un punto de partida mientras que, para otros, lo era de llegada. El ensimo intento de encaje cristalizado en el pacto de 1978 haba saltado por los aires, y como ha sucedido histricamente, los federalistas nos sentimos abandonados y a la intemperie en relacin con el peor gobierno de Espaa de las ltimas dcadas, el de M. Rajoy con mayora absoluta.

La vasta experiencia histrica 150 aos de catalanismo poltico da una base emprica suficiente para que muchos, en Catalua, lleguemos a la conclusin de que la transformacin del Estado en un sentido federal es una quimera. Pero hay ms argumentos: no existe una cultura federal en Espaa, las preferencias territoriales y nacionales de ambas poblaciones la de Catalua y la del resto del estado son antagnicas, reforzadas a su vez por distintos sistemas mediticos, culturales y polticos; las mayoras parlamentarias para realizar cambios profundos siempre requerirn de la concurrencia del nacionalismo espaol, e incluso si las fuerzas federalizantes consiguieran imponer transformaciones en el ordenamiento territorial del estado, estaramos permanentemente sujetos a la arbitrariedad de una victoria de la derecha ms recalcitrante que restaurara el antiguo orden uninacional. Adems de todo esto, la actitud del PSOE sus nombramientos ministeriales son un ejemplo tambin plantea dudas en relacin a si su proyecto para Espaa solo pretende redondear el actual estado de las autonomas, o si est dispuesto a redistribuir el poder ms all del reconocimiento cultural-folclrico de las singularidades regionales.

Si aceptamos todo esto como cierto, el desesperanzador panorama no mejora si echamos la vista Catalua hacia adentro. Con menos del 50% de apoyo popular, y despus de un fallido embate contra el Estado, el proyecto independentista tampoco parece capaz, al menos a corto de plazo, de imponerse con xito. En Catalua hemos constatado ya le pas a Grecia con su referndum sobre el memorndum europeo los lmites de la reclamacin unilateral de la soberana en un contexto de gobernanza multinivel, y en la forma clsica del estado-nacin.

Pensarnos ms all del estado nacional?

El profesor Quim Brugu escribi en diciembre un sugerente artculo titulado Estados como gato panza arriba, y sostena una tesis que guarda mucha relacin con lo que he intentado expresar aqu. Brugu deca que presenciamos la batalla entre un estado espaol que intenta mantenerse y uno cataln que intenta emerger. Y ambos fracasan. He empezado el artculo hablando del papel de los Estados nacionales en el mundo y en Europa, para despus centrarme de forma ms intensiva en el caso cataln. Ahora, para terminar, querra relacionar ambos elementos. De momento, nos encontramos pues ante un estado espaol con corona de oro macizo y espada reluciente, pero con menos soberana que nunca; y una nacionalidad sin estado que pretende reclamar una soberana muy limitada habiendo calculado mal, sin embargo, el peso de la nica soberana real del adversario: la de las porras y las prisiones.

En el contexto actual, y con todas sus contradicciones, mi posicin es parecida a la que defiende el filsofo Rubert de Vents antiguo colaborador de Pasqual Maragall: El estado puede ser una pieza de arqueologa poltica, pero an es el gestor de la redistribucin interior y el que corta el bacalao (sic) en los organismos internacionales. l defiende que la soberana ha dejado de ser un concepto binario la tengo o no la tengo para devenir un tema analgico dnde tengo la soberana?en qu?, y seguramente lleva razn. En este sentido, un estado propio para Catalua va a disponer de ms soberana que una comunidad autnoma intervenida por el gobierno central, bajo la amenaza constante del nacionalismo espaol. Un estado propio con vocacin universal, deseoso de diluirse en una nueva y mejor Europa. En todo caso, este es un posicionamiento personal, ante la realidad inmediata, que no tiene por qu esconder el gran reto de fondo que enfrentamos los progresistas y federalistas hoy: pensarnos ms all del estado nacional y construir una comunidad poltica global mucho ms integrada.

En este sentido, creo que la realidad misma nos ofrece algunas pistas: en los ltimos aos estamos experimentando un retorno a lo local, hacia unas ciudades que se estn convirtiendo en actores polticos protagonistas, con voz propia en el escenario global. Aqu, en nuestro continente, no sera descabellado imaginar una Europa pensada como red de ciudades, articuladas a travs de unas eurorregiones ms flexibles y arraigadas al territorio que no las rgidas fronteras de los viejos estado-nacin.

En este marco, la discusin no sera si rompemos o no los vnculos institucionales entre Catalua y Espaa, sin cules y cuntas instituciones queremos compartir entre nosotros, con Francia, con Alemania, etc en una Europa federal y de los ciudadanos. Quiz la independencia sea una va para la confederacin de los pueblos ibricos, nico camino posible para la fraternidad real. Quiz el cambio republicano en Catalua y en Espaa tiene que tejerse a partir de lgicas contradictorias para unos y para otros. Pero quiz todo esto sea absurdo, quimrico, inasumible. Quiz s. Pero la poltica progresista va de ampliar los lmites de lo posible, y la imaginacin es la herramienta indispensable para conseguirlo.

Carles Ferreira es profesor asociado de Ciencia Poltica en la Universidad de Girona.

Fuente: http://ctxt.es/es/20180627/Firmas/20444/Estado-federalismo-catalunya-espana-nacion-globalidad.htm



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