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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-02-2018

Trump como sntoma

Bruno Guigue
Oumma

Traducido del francs para Rebelin por Caty R.


La verborrea incesante de los observadores sobre los caprichos de Trump, la letana meditica con respecto a su imprevisibilidad y su inexperiencia, la focalizacin permanente en su aficin al fanfarroneo, cuando no la franca especulacin sobre su salud mental (como si el ganador de unas elecciones presidenciales pudiera ser un retrasado mental). En resumen, el parloteo que caracteriza la trumpologa ordinaria presenta un gran inconveniente: impide a sus autores dedicarse a un autntico anlisis poltico.

La peculiaridad repetitiva de los comentarios dominantes, esa psicologa de barra de bar, solo deja ver en la poltica de Trump, a lo sumo, un tejido de incoherencias, un batiburrillo sin sentido que nicamente permite detectar, en el peor de los casos, una deriva suicida, como si Estados Unidos se precipitase hacia el abismo conducido por un capitn al que se le fundieron los plomos.

Sin embargo, la cuestin fundamental que plantea la poltica de Trump es de otra naturaleza: Ms all de la personalidad excntrica o presuntamente excntrica- del presidente, de qu es sntoma?, qu nos dice de la evolucin de Estados Unidos y su papel en el mundo? Para esbozar una respuesta a esta cuestin hay que empezar por el principio. Desde 1945 Estados Unidos disfruta de un privilegio fuera de serie que empez con su enfrentamiento al comunismo y se renov despus, en 1991, con el hundimiento de la URSS. Estados Unidos ocupa el centro de una economa-mundo de cuya moneda es dueo y seor, su PIB supera el de los dems pases, su tecnologa domina el planeta y finalmente su potencia militar no tiene rival. Para las lites estadounidenses ese estatus excepcional est en el orden de las cosas y marca cada vez ms el destino manifiesto de la nacin que proporciona a la rapacidad de esas mismas lites el complemento sentimental.

Pero desde el fracaso de la intervencin en Irak (2003-2007) y la cada de las ambiciones de los neocons, todo sugiere el hundimiento de este orden de las cosas. Golpeado por la adversidad, el destino manifiesto se escabulle y la ilusin de una hegemona ilimitada en el tiempo y en el espacio se desvanece. Al atribuir el declive estadounidense a la inconsecuencia embarullada del presidente elegido en 2016, la mayora de los observadores, en realidad, confunden la causa con el efecto. Lo que disloca a Estados Unidos no es la poltica de Trump. La relacin es exactamente al revs: si la poltica de Trump es una poltica lamentable es, en realidad, porque Estados Unidos pierde terreno. Se podran multiplicar los ejemplos. El candidato republicano gan las elecciones atacando la globalizacin liberal. Pero qu puede hacer una vez al mando? Renegar de una globalizacin comercial sobre la que Wall Street ha construido su insolente prosperidad? Renunciar a un modelo que Washington impone en beneficio de sus multinacionales desde hace medio siglo?

A este respecto, salvo la renuncia al Transpacific Trade Partnership (TTP), la poltica de la nueva Administracin se limita a declaraciones de principios, a veces combinadas con amenazas dirigidas a Pekn, puramente retricas y poco capaces de romper los muros de la Ciudad Prohibida. La Casa Blanca sabe que cualquier tipo de reintroduccin del proteccionismo se traducira en medidas de represalias que penalizaran a las empresas estadounidenses. Para un pas cuya deuda federal est en manos de inversores extranjeros y literalmente disparada, jugar con fuego podra ser peligroso, sobre todo con respecto a un pas acreedor de Estados Unidos a un nivel enorme (China, N. de T.). En el fondo la economa estadounidense est presa de una globalizacin de la cual fue durante mucho tiempo el motor entusiasta y la principal beneficiaria. Est claro que las tornas han cambiado. Pero es muy tarde para cambiar las reglas del juego porel hechode que otros hayan aprendido a ganar a su vez.

China contina su ascenso fulgurante seguida de la India, que acceder en 2018 al puesto de quinta potencia econmica del planeta, relegando a Francia al sexto puesto. En respuesta a las crticas de Trump, Pekn se permite incluso el lujo de cantar las alabanzas del libre comercio. Es verdad que China es la primera exportadora del mundo y Estados Unidos el primer importador. La economa estadounidense posee todava grandes ventajas, pero su parte en el PIB mundial disminuye. En 2025 China tendr el 21 % y Estados Unidos el 16 %. En 2050 China tendr el 33 % y Estados Unidos el 9 %. Cuando las sombras chinas oscurecen el horizonte, el sueo americano toma el aspecto de pesadilla. Dentro de 30 aos, de tres trabajadores estadounidenses el primero ser sustituido por un robot, el segundo por un trabajador chino y el tercero temer acabar como los dos anteriores. La eleccin de Trump es el fruto de esta inquietud. Y es obvio que su poltica no podr remediarlo.

La cuestin no es saber si Estados Unidos ceder el primer puesto, eso est claro. Tampoco se trata de saber cundo, puesto que es inminente. La nica cuestin es saber en qu condiciones se efectuar esa transicin inevitable. La imprevisibilidad manifiesta de Trump, su agitacin febril, su comportamiento histrinico, en suma, es como un sntoma neurtico. Traduce la angustia de una superpotencia que siente que el suelo se abre bajo sus pies y busca conjurar las seales de su hundimiento multiplicando las ocurrencias. Se vislumbra una fuerte tendencia, el lento declive de la produccin material made in USA podra ser detenido por un sobresalto geopoltico? Trump intenta asumir ese desafo, pero siempre choca contra los lmites objetivos. Esta impotencia da seguramente a su poltica un aire de dj-vu mientras intenta a toda costa desmarcarse de sus predecesores y restaurar la imagen del regreso de un gran Estados Unidos.

Afirma, por ejemplo, que quiere romper con la lamentable mana de jugar a enmendar los errores, pero al mismo tiempo sigue sermoneando a todo el mundo. Fustigando a Rusia, China, Irn, Corea del Norte, Cuba y Venezuela, persevera en la va de la injerencia en todas sus formas encadenando acusaciones absurdas (Irn apoya el terrorismo) y provocaciones estriles (el veto a los musulmanes). Con l lo viejo emerge siempre sobre lo nuevo. Invoca alegremente a la comunidad internacional y el derecho del mismo nombre, pero ofrece al ocupante sionista el regalo prometido a Netanyahu bajo la presin del lobby: el reconocimiento de Jerusaln anexado como capital de Israel. Exalta los derechos humanos para estigmatizar a los estados que le desagradan mientras fortalece una alianza con Riad que firma la sentencia de muerte de los nios yemenes hambrientos por el bloqueo y aplastados bajo las bombas. Bajo su reinado, la frmula del prncipe de Salina de El Gatopardo se aplica perfectamente a la diplomacia estadounidense: Hay que cambiarlo todo para que nada cambie.

Cierto, el Pentgono aprendi la leccin del doble fiasco iraqu-afgano y no ha emprendido ninguna operacin militar de envergadura desde hace un ao. Trump no es George W. Bush y su relacin con los neocons es compleja. Se dice a veces para excusarle que l querra hacer otra poltica, pero la influencia del Estado profundo se lo impide. Esta interpretacin, si fuera verdad, supondra al actual presidente una ingenuidad desconcertante. Ignoraba la influencia de las estructuras del Estado profundo antes de tomar las riendas de la administracin estadounidense? No tena idea de la influencia conjunta y tentacular de las multinacionales del armamento y las agencias de seguridad? Que la direccin de ese gran pas sea un ejercicio de equilibrista parece ms ajustado a la realidad, con el Estado profundo, por su parte, contribuyendo a los arbitrajes esenciales en la medida de su influencia exorbitante- en las esferas dirigentes. Trump no es el rehn involuntario de un mecanismo oculto y todopoderoso, sino el colaborador ms expuesto de ese mecanismo, el mandatario designado de una oligarqua cuyo Estado profundo representa al mismo tiempo la capa ms influyente y menos transparente.

Aunque esa relacin ha experimentado algn vaivn (como la reciente cada en desgracia de Steve Bannon), la permeabilidad de la presidencia a la influencia del Estado profundo explica la relativa continuidad de la poltica extranjera -una presidencia tras otra- en los asuntos de inters estratgico. En Siria, por ejemplo, Washington contina ejerciendo su capacidad de importunar utilizando unas veces la carta terrorista y otras la carta kurda. El secretario de Estado Rex Tillerson acaba de justificar la presencia de 2.000 militares en ese pas con el fin de favorecer la salida de Assad y contrarrestar la influencia de Irn. Esta referencia explcita al cambio de rgimen es reveladora, lo mismo que la hostilidad declarada a Irn, caballo de batalla de Donald Trump. Pero hay pocas posibilidades de que esta expedicin colonial en miniatura obtenga el resultado deseado. Mientras el ejrcito sirio habr reducido las ltimas bolsas takfiristas y partir a la reconquista del este sirio los yanquis, como de costumbre, harn el equipaje. Washington querra destruir el Estado sirio, pero ese es un fracaso anunciado. Trump debe tragar la pocin amarga de este fracaso y su poltica presenta el aspecto de un combate de retaguardia.

Presa del Estado profundo, el inquilino de la Casa Blanca garantiza el servicio posventa de una poltica de cuyas premisas no puede renegar sin dar la impresin de claudicar. Al no poder utilizar la artillera pesada lanza banderillas a todo lo que se mueve. Ayer al conglomerado takfirista, hoy a las fuerzas democrticas sirias, incluso provocando a un aliado turco que acaba de invadir el enclave de Afrin para saldar su cuenta con las milicias kurdas armadas por Washington. Increble fbrica de cajas de truenos, la poltica estadounidense decididamente habr ensayado todo en Siria. Eliminados sus apoderados unos tras otros, Estados Unidos ya est condenado a quedarse quieto mientras Rusia dirige el baile. As, USA lanza tizones a un brasero que otros Assad, Rohani y Putin- acabarn apagando para promover el desarrollo de sus pases pas y no como Estados Unidos- para machacar la vida de las otras naciones. El Pentgono tiene un presupuesto de 626.000 millones de dlares y Estados Unidos sale vencido de la principal confrontacin del decenio.

Acorralado en el asunto sirio, sin embargo Donald Trump intent, a principios de enero de 2018, ejercer su capacidad de fastidiar en otro frente. Las manifestaciones en Irn le ofrecan una nueva oportunidad, el millonario de la Casa Blanca la agarr inmediatamente movilizando todos los recursos de la desestabilizacin y tuiteando con frenes su apoyo a un cambio de rgimen que afortunadamente no dur mucho. Como la obsesin norcoreana, la obsesin iran de la presidencia de Trump est destinada a alimentar las mismas crispaciones y las mismas decepciones. Los iranes no tienen la intencin de destriparse para dar gusto al inquilino de la Casa Blanca. En cuanto a los norcoreanos han tomado medidas suficientes para exponer a Washington y sus aliados a represalias terrorficas en caso de agresin. Dado que Trump no est loco ni es un dbil mental se puede pensar razonablemente que sus imprecaciones contra Pionyang estn dedicadas a permanecer en el estado ridculo de flatum vocis (expresin que se podra traducir como pedo verbal) ya que no puede por suerte- convertirlas en un champin atmico.

En definitiva se rinde demasiado honor al personaje al hacerle responsable de un declive del cual nicamente es un sntoma. Su nfasis retrico y su propensin a la bufonada son efectos cuyas causas estn en otra parte. Lo que condena al inquilino de la Casa Blanca a una poltica absurda no tiene nada que ver con su ecuacin personal. Es el vuelco del mundo y Trump (igual Hillary Clinton si estuviera en su lugar) no puede hacer nada. El problema del actual presidente, en cambio, es que ha prometido una cosa que es incapaz de ofrecer: un remedio milagroso que proteja a Estados Unidos de un declive irreversible. Su paradoja es que fustiga una globalizacin que arruina a Estados Unidos aplicando las mismas reglas con las que lleva amasando su fortuna desde hace medio siglo. Puede multiplicar las operaciones de diversificacin, estigmatizar a las cabezas de turco (Putin, Assad, los demcratas, la prensa, los inmigrantes) pero no hace ms que verbalizar su impotencia. Si Trump ladra pero no muerde, si prefiere la imprecacin a la accin, es porque no dispone de los medios para actuar a su manera. Como cualquier otro presidente de Estados Unidos forma parte interesada de un sistema que le reclamatasas de beneficio ycrditos militares y ser juzgado por su capacidad de drselos.

Bruno Guigue, antiguo alumno de la cole Normale Suprieure y de la ENA, alto funcionario de Estado de Francia, escritor y politlogo, profesor de filosofa de educacin secundaria, encargado de cursos en relaciones internacionales en la Universidad de La Reunin. Es autor de cinco libros, entre ellos Aux origines du conflit isralo-arabe, L'invisible remords de l'Occident, y de cientos de artculos.

Fuente: https://oumma.com/considerer-trump-comme-un-symptome/

Esta traduccin se puede reproducir libremente a condicin de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y Rebelin como fuente de la traduccin.



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